Si me hubieran dicho que pasaría de ser una mordaz defensora de la vida vegana, a una mujer cuya postura respecto al veganismo sería reservada e incluso negativa, hubiera dicho sin dudarlo que era una broma de muy mal gusto.

Sin embargo, mi posicionamiento al respecto ha cambiado radicalmente, ya que he dejado de considerarlo la panacea en lo que concierne al derecho y liberación animal. Antes de que levanten el dedo inquisidor ante este punto de vista, aclaro que no he dejado mi dieta ni forma de vida, sólo mi manera de pensar se ha transformado.

No hay momento en el que no encuentre frente a esta pantalla, comentarios y afirmaciones peyorativas realizadas por veganos hacia personas que no comparten ni la dieta ni la ideología, rayando en el extremo del fundamentalismo y el fanatismo. Tal parece que gracias a la moda, se ha perdido la esencia de lo que implica el elegir un camino sin violencia en una de las formas más simples y complejas a la vez: la vida diaria.

La razón principal por la cual los primeros veganos eligieron esta forma de resistencia, fue la empatía, la conciencia y la congruencia ¡Cuánto nos falta de eso hoy en día! En el presente, es cuestión de status, de moda y de soberbia en muchos casos –por supuesto hay excepciones-. Veganos que discriminan a quienes son vegetarianos, maldicen y fomentan el odio hacia quienes comen carne, que insultan y denigran a quienes no comparten su manera de pensar, que critican bajo la pantalla y sonríen en la fotografía del recuerdo junto a los “come carne” que critican… y la lista sigue.

Definitivamente eso dista mucho de tener empatía, ni que decir de congruencia, cuando se elige una vida dónde se realice el menor daño posible, eso incluye el no herir con palabras o actos a otras personas o animales, la no violencia no es un estado de Facebook, es una práctica diaria que va más allá de los actos o las palabras, es la práctica de la fraternidad, en el verdadero significado de la palabra.

Podrán decirme que estoy en una arista del tema que dista de la ideología, o que es un punto irrelevante, pero no importa cuántas tesis y corrientes abordemos, la vida diaria y nuestros actos tiene más peso que todas las teorías juntas.

Es por esto que dejé de llamarme vegana, que no promuevo más esta filosofía por la vergüenza de hablar de las bondades de la vida compasiva y observar en rededor maldiciones, intolerancia, incongruencia y violencia.

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